domingo, 17 de noviembre de 2013

EL NUEVO CLUB


Me gusta ponerme encima del hombre. Esa es mi posición favorita. Debajo me siento oprimida, encerrada, poca cosa. En cambio encima me siento libre, más tranquila, más segura, saco lo mejor y lo peor de mí, y eso parece que les gusta. Creo que es la posición ideal para que te besen los pechos, tumbada debajo a veces les quedan lejos para besarlos y no suelen hacerlo. Igual no es una cosa para recordar mientras estoy enterrada bajo tierra en un ataúd, pero me dijeron que no me pusiera nerviosa, que pensara en algo agradable, y así los minutos pasarían antes.
No voy a estar más de cinco minutos, y en caso de sentirme mal, podré tirar del hilo y la campana sonará en el exterior. No les constaba que ese invento hubiera salvado alguna vez a alguien de ser enterrado vivo, solo se habían generado falsas alarmas cuando en ocasiones los espasmos de los muertos tensaban las cuerdas haciendo sonar la campana. Yo seguía tranquila, pensando en sexo. Supongo que no habrá pasado ni un minuto, así que me queda tiempo para seguir recordando lo que me gusta.
Velas, muchas velas, me gustaba esa luz. Muchos hombres muestran extrañeza, al ver velas encendidas por todo mi dormitorio, pero dura poco, suelen relajarse cuando empiezo a quitarles la ropa. Me excita desnudarlos. Suelo quitarles los zapatos y los calcetines; y luego les dejo el pecho desnudo, se quedan solo con los pantalones. Me tumbo encima de ellos y siento su erección dentro de su ropa interior, dejo que jueguen con mis pechos con su lengua, mientras les acaricio por encima de la bragueta.
Deben de haber pasado ya dos minutos como mínimo, sigo tranquila. El aire no pesa ni lo siento raro para respirar, todo va bien. Debe de ser un buen ataúd, se nota por los arañazos de los lados y los de encima de la tapa: en alguna otra ocasión alguien debió de ponerse nervioso. No hay que hacer eso, así solo se consigue acabar antes con el oxigeno o que te de un infarto.
¿Por dónde iba? Ah sí, me gusta acariciar a los hombres con los pantalones puestos. Suelen ser ellos mismos los que no aguantan más e intentan desabrocharse el cinturón. Yo les dejo, y luego les ayudo a quitárselos con un fuerte tirón. Pero no les quito los calzoncillos, no. No toca todavía, aunque ellos esa parte no suelen tenerla muy clara, muchos intentan bajarse ambas cosas juntas, pero yo les digo que no, y se los vuelvo a poner.
Hummm…, esto se alarga ya. Se supone que la asfixia no tiene lugar por falta de Oxigeno, sino por envenenamiento por CO2, pero yo no noto el ambiente cargado, respiro bien. Leí que cuando la concentración de CO2 alcanza el 5%, la desdichada víctima se desmaya... y poco después muere. No siento que me vaya a desmayar, así que, por lo visto, el hecho de estar tranquila funciona.
Pues eso, quiero ser yo quien le baje su última pieza de ropa, y subir besándole las piernas, hasta llegar a su miembro, tan erecto que hasta les debe de doler. Les libero de esa presión con un par de besos en su punta, lamiéndola despacio e introduciéndola a empujoncitos en mi boca para que mi saliva los calme.
Me aburre estar aquí, y ya empiezo a notar el aire cargado. Si no empiezo a oír los primeros paletazos quitando la arena, haré sonar la campana. Como experiencia gótica no estuvo mal, desde luego esta gente sabe cómo divertirse, pero ya me empiezo a aburrir y no tengo ganas de seguir pensando en sexo, me pone cachonda y no me gusta masturbarme.
Toco la campana; bueno, estiro el hilo, la campana supongo que estará sonando, yo aquí dentro no escucho nada, pero tiro del hilo con fuerza. Pasa algún minuto más, no parece que quiten tierra. Empiezo a temer que no sea un ritual para formar parte de este nuevo club gótico al que me llevó el nuevo ligue que conocí.
Mi corazón se acelera. Ahora sí creo que pueda llegar a tener un infarto, comienzo a sentir claustrofobia. Quiero salir. No tengo uñas para arañar esta caja, así que la golpeo, mientras vuelvo a tirar del hilo una y otra vez, la campana debe de repicar con todas sus fuerzas.
Me esfuerzo por relajarme. Por volver a mi estado anterior. Tranquila, me digo a mí misma, no eres tú, tú estás en tu cama, hace poco tenías un hombre debajo de ti, como te gusta. Estabas celebrando la entrada a ese club del que tanto habías escuchado hablar; solo tuviste que hacer bien el ritual y convencer a Javier de que solo estaría unos minutos, nada más (no fue difícil lograrlo después de varias noches de buen sexo). Y si se encontraba mal, siempre podría tirar del hilo y la campana sonaría.
Y sí, debió de sonar y mucho, pero no hubo nadie allí para oírla. Y menos para desenterrarlo.
ESCRITO POR SORAYA MURILLO HERNANDEZ

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