domingo, 23 de febrero de 2014

LA CONEJERA





Bordeó la cerca hasta el cobertizo con cuidado de no engancharse. No quería estropear su vestido nuevo. La escuálida vaca le dedicó una mirada ausente mientras rumiaba del aire, por no perder la costumbre.
La niña empujó la puerta muy despacio, pero el chirrido de las bisagras la delató. Su padre se dio la vuelta furiosamente y le bloqueó el acceso. El sudor de papá le azotó, mezclado con otro olor tan fuerte y dulzón que mareaba.
—¡Qué haces aquí!
—¿Qué guardas en esa conejera con llave? —preguntó ella.
—¡No vuelvas a entrar aquí!
—¿Cómo es posible que hoy no cumplas tu palabra? ¡Es mi cumpleaños! ¡Lo prometiste!
El portazo la dejó hablando sola.
La niña corrió hacia la casa gruñendo, pisoteando lo que un día fue un huerto. Subió a su habitación mordiéndose el labio hasta sangrar. Se lanzó sobre la cama y aguantó la respiración.
Entonces, vio abierta la ventana del cobertizo. Las aletas de la nariz se le dilataron. Recorrió la cornisa, la viga entre tejados, sin mirar abajo. Saltó a través de la ventana.
Su rostro se iluminó con una súbita revelación. Los cuerpos sin cabeza se amontonaban en una esquina. Ahora ya sabía qué había en la conejera. Cogió una sierra que había por el suelo y se acercó de puntillas a uno de los cuerpos. Ese hombre aún se movía.
Se ahorcajó sobre él y, con cuidado de no mancharse el vestido, comenzó a aserrar.
—Ya verás, papá, te demostraré lo mayor que soy...


ESCRITO POR JAVIER VIVANCOS

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