domingo, 2 de marzo de 2014

EL VERDUGO




Mi Padre ya me avisó, “hijo mío llegará un día en el que todo te pese tanto,  que sabrás que tu alma tampoco tiene perdón”.
En la iglesia, las miradas me recorren como lo hacían hace tiempo con mi padre, siento los ojos de todo el mundo clavados en mi pecho, ni tan siquiera se atreven a mirarme a la cara, tienen miedo, puedo notarlo, es un miedo mas allá de cualquier sentimiento de terror y horror pues yo soy la misma muerte.
Los niños que pasan cerca de mi son corregidos por sus padres, que les cogen la cabeza y se la agachan hacia el suelo para que no me presten la más mínima atención.
Estoy sentado en la última fila en misa, mi condición me obliga a ser el último.
Siempre me da pereza venir hasta aquí, tan solo para escuchar el sermón del párroco, intento limpiar mis pecados pero me siento igual de culpable cuando salgo.
Estoy condenado a vivir fuera de la ciudad y las leyes me desamparan ante cualquier circunstancia, por lo que cada vez tengo menos ganas de venir.
Hoy he tenido la sensación por primera vez de querer morir, entrar en la ciudad tocando la campana que me acompaña allí a donde voy para avisar a los ciudadanos,  cada vez me hace mas difícil mi existencia; una vida normal en mí mismo no es posible, y cuando una señora a mi paso se ha santiguado tres veces después de ayudarla a recoger una prenda que se la había caído, me he dado cuenta de que morirme no sería tan mala idea.
Cuando salgo de la iglesia, me dirijo al matadero, allí me entreno, es el único sitio donde no me siento fuera de lugar, aunque ver correr la sangre en los animales, me sigue dando repugnancia de igual manera, los cerdos son mas divertidos, aunque el resultado final sigue retorciéndome las tripas.
Cuando termino mi entrenamiento, con el sudor recorriéndome todo el cuerpo, deslizándose por mis brazos y frente, no me lo pienso y me enfundo mi atuendo, el olor me hace despertar algo, debo estar alerta.
Cuando mi padre murió, yo heredé su trabajo, al igual que lo hizo él con mi abuelo, del mismo modo que mi abuelo lo cogió de mi bisabuelo.
En mi familia, desde hace muchas generaciones, todos hemos seguido este oficio.
Tristemente y debido a la mala reputación las familias que nos dedicamos a esto nos hemos juntado entre nosotras, lo que ha dado lugar a sagas importantes, todavía me acuerdo de la Simel.
Aún sobrevuela por mi cabeza mi primera vez, la gente se peleaba por estar en primera línea para, asombrosamente, ser salpicados por la sangre que brotaría del interior del hombre que había sido culpado de asesinato, lo llamaban lluvia purificadora, aunque no eran las únicas acciones irracionales.
Muchas veces y ante el estupor mío y de algunos de mis compañeros, después de ahorcamientos, nos pedían recoger el semen del muerto ya que, según ellos, hacían pócimas para atraer el amor, o incluso querían conseguir el pulgar de los ladrones, al parecer creían que su hueso evitaba que el dinero se agotase.
Mi primer Reo tenía el cuello más ancho de lo normal, el hacha tuvo que caer varias veces encima de su cabeza por mis nervios y la poca fuerza a la hora de ajusticiarlo, el pobre diablo estuvo veinte minutos retorciéndose y convulsionando expulsando una baba espesa y rojiza por la boca,  hasta que por fin murió.
Las salpicaduras en mi traje fueron mi bautizo de sangre, todo el mundo me animaba después de esta vez, me decían, que nunca nada es fácil, y más al principio.
Cuando llegué a mi casa, vomité entre sudores fríos y tembleques de cuerpo generalizado, tirado en el suelo, recordaba una y otra vez el surco que iba dejando en la cabeza del condenado hasta quedar un hilo de carne que, con un último gesto, calló en el suelo, dando vueltas y quedando de manera que sus ojos se clavaron en mi mirada, incluso creí haberle visto parpadear, esa imagen no se me olvidará jamás.
Y aquí estoy de nuevo, ataviado y provisto de mi hacha, afilada y brillante, hecha a mi medida, con muescas, mas de 30, para que queden plasmadas las almas que me he llevado.
La capucha de cuero, me da un calor horrible, gotas caen por mis cejas y entran sin pudor en mis ojos produciendo un escozor pesado.
Los dos Reos a los que voy a ajusticiar hoy en la horca, no son ni más ni menos que un violador, y un asesino.
Pienso si es justo llevar a cabo estas penas, quizás haya otros métodos para poder cobrarnos sus perversiones y atrocidades.
¿En que se me diferencia a mi de ellos?, esto me pesa, cada vez más, me siento igual que cualquier asesino vil y cruel.
Siempre es más que sabido que un soldado es un asesino autorizado en tiempos de guerra, pero nosotros somos asesinos en tiempos de paz.
La luz del medio día empequeñece mis pupilas, doloriéndolas, después de salir de la zona oscura que es mi lugar para convertirme en lo que soy.
Las personas que allí se hayan, llevan palos y piedras, suspiro y respiro varias veces mientras voy caminando hacia patíbulo.
Los asesinos atados de pies y manos por unas cadenas gruesas como puños, gritan  una y otra vez “Por favor por favor, yo no fui, por favor, por favor, ayúdenme”, mientras algunas de las piedras de la gente allí congregada les golpean en las piernas, brazos y tórax, con cuidado de no darles en la cabeza, pues quieren ver el espectáculo.
Empiezo por el primero, lo cojo con fuerza del brazo y del hombro con mis manos ya fuertes y trabajadas después de tantos años, aprieto con saña, en el fondo y solo muy en el fondo me siento poderoso, me siento Dios.
Le susurro al oído que no se mueva, que durará poco, y que seré lo más profesional posible, también le informo de que, esta vez no se le tapará la cara, así me lo han ordenado,la escena va a ser una de las preferidas de la muchedumbre.
Con dos pasos cortos le sitúo debajo de la cuerda, con un nudo hecho por mi el día anterior.
El tintineo de sus cadenas logran ponerme el pelo de la nuca de punta.
Muchas veces me piden cachos de las cuerdas, no quiero saber para qué ni por qué, solo sé, que tengo que poner una nueva cada vez que se le da uso con este ajusticiamiento.
El labio superior me suda muchísimo y la salazón que entra en mi boca me hace marearme más de lo que ya estoy.
Coloco con brutalidad la cuerda alrededor del hombre, cuyas piernas flojean y casi cae rendido en el suelo.
Le digo que pronuncie unas últimas palabras, pero no dice nada, solo mantiene los ojos cerrados los cuales, no duraran mucho así, puesto que la presión de la cuerda y la sangre retenida en la cabeza, hará que los abra espontáneamente y su lengua saldrá tímidamente en un último gesto de mala educación hacia las personas que le admiran con plenitud.
La fuerza de mis pisadas retumban en la madera, que vibra en cada rincón, echo mano de la palanca con las dos manos fuertemente y decididamente,  para abrir la trampilla y terminar con la vida de otro más, y así lo hago, pero algo falló.
La cuerda, ante mi estupefacción se rompe y el Reo cae al suelo liberado de su condena, me mira y me grita con dureza “TU YA ME HAS AHORCADO Y NO TIENES PODER NI AUTORIDAD PARA COLGARME DE NUEVO”.

Un chorro caliente, cae por mi pechera, espeso y de color rojizo, lo toco con la mano tambaleante; el otro Reo al que perdí la vista mientras miraba por el agujero de la trampilla y comprobaba lo sucedido, ha cogido el hacha que perteneció a mi abuelo y corta mi cabeza como yo corte la primera que calló en mis manos, machacándome una y otra vez, y otra, caigo de rodillas, mirando al publico que huye despavorido y es salpicado por mi, por mi sangre, he sido ajusticiado yo también por los asesinatos que yo también he llevado a cabo con todos los Reos, y hoy tengo mi sentencia como Verdugo.


ESCRITO POR LORENA GIL REY

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