domingo, 30 de marzo de 2014

VUELO DE CUERVOS Y EL ARMARIO








VUELO DE CUERVOS (SORAYA MURILLO HERNANDEZ)

El viento llama en el cristal, un viento invernal. El silencio de la nieve se ve interrumpido por el graznido del cuervo. Ya nadie duerme ni viaja a la tierra eterna de los sueños, ya no hay nada con qué soñar. Los días y las noches se fusionaron en una misma cosa. Dicen que nada muere así como así, pero el pueblo se va muriendo junto a la gente que le había dado vida.

Él preferiría dormir profundamente, vivir durmiendo, antes que estar despierto en una pesadilla. Apoyado en el marco de la puerta abierta mira al cuervo mientras enciende un cigarrillo, ya le quedan menos, apenas medio paquete, pero no cree que siga vivo para cuando se lo pueda haber terminado. Pensaba que ya no quedaba ninguno de esos pájaros, que los había enterrado ya a todos, por lo visto quedaba uno.
Le da una última calada al cigarrillo y tira la colilla aún encendida a la nieve. Entra en su casa y cierra de un golpe la puerta, ya nada puede hacer, sino esperar.
Debieron de sospechar que algo andaba mal, cuando encontraron una mañana cientos de plumas azabaches cubriendo campos, caminos y tejados de las casas. O cuando dejaron de escucharlo. Debieron huir aquella noche en que los cuerpos de los cuervos cayeron muertos por todo el pueblo. Nadie comprendía esas muertes, siempre habían convivido con los cuervos. La voz del predicador les hizo sentir un sudor frío cuando les dijo que ya no tenían guías para fueran al otro mundo. Como un mal presagio, aunque el cielo estaba limpio y estrellado, empezó a nevar. Y ya no paró. La nieve destruyó cosechas y les aisló del resto del mundo más de lo que solían estar.

El pueblo se encerraba en sí mismo. Sin dejar ninguna huella sobre la capa de nieve, la muerte entraba para llevarse aquello que le pertenecía.
Escuchó historias de pueblos que terminaron vacíos sin ninguna explicación, de pueblos habitados que de repente quedaron convertidos en pueblos fantasma. Ahora sabia que se trataba de algo más que historias.

La muerte llegó, no sabía por qué había elegido su pueblo, pero entró para tomar posesión de sus vidas. Mató a sus guías, los cuervos, sin ellos sus almas quedaban en la frontera de ambos mundos. Acabó con todos, ahí en el bosque, menos con uno. Ese único cuervo superviviente ahora vigilaba su casa.

El hombre se acostó junto al cuerpo de su esposa, ella lo esperaba. La acarició sintiendo su piel en cada roce, vibrando ante un cuerpo casi ardiendo, le buscó la boca para saciarse, ella levantó su cuerpo para que él la penetrara. Se movían despacio, gimiendo cuando sentían llegar el placer, ella le pidió que le embistiera con más fuerza, él se deslizó hacia abajo para penetrarla con la lengua y saborear su último orgasmo, pero ella le suplicó que volviera a penetrarla. Deseaba, sentirlo dentro, vibrar con sus espasmos mientras se corría.
La nieve que había caído durante todo el día en finos copos se convirtió en fiera tormenta, él se levantó de la cama y fue hacia la puerta. Al abrirla vio a la figura sin rostro aproximándose: una sombra oscura cubierta por una capa. Ellos dos eran los últimos supervivientes del pueblo. Ahora serían las próximas víctimas.

La oscuridad se acercaba lentamente, entonces el cuervo, que hasta ese momento no se había movido, batió un corto vuelo para posarse casi ante sus pies. Se miraron fijamente. Era el cuervo que él crío  cuando lo encontró caído de un nido y lo alimentó hasta que pudo volar. Aun así se asustó, todos los demás cuervos habían muerto y ahora este lo miraba. El animal hizo un pequeño movimiento en el suelo, abrió el pico y graznó. Ante ese grito cientos de cuervos salieron volando de los campos donde los había enterrado, mientras la sombra por primera vez retrocedía. Los cuervos se lanzaron sobre ella picoteando un vacío profundo y negro, fundiéndose con él.

Aunque aquello solo parecía una gran tiniebla vacía, los picos de los cuervos dejaban manchas de sangre en la nieve. Pequeñas gotas que brillaban de un rojo intenso. El cuervo, excitado por el olor se unió a ellos. La nieve parecía mucho más blanca junto a ese negrura de cuervos y oscuridad. Poco a poco, como si ninguna de las dos cosas hubieran existido, fueron desapareciendo de su vista dejando un charco de sangre tan denso que tardaría horas en ser absorbido. De repente el hombre se sintió cansado, agotado. Mientras, la tormenta de nieve menguó tanto que, en pocos segundos, terminó dejando una tranquilidad sobrecogedora.

El hombre regresó a su casa, no sabía cómo afrontaría el día de mañana, pero si sabía lo que iba hacer el resto del día: abrazarse al cuerpo de su mujer, para cuidar de sus sueños.


ESCRITO POR SORAYA MURILLO HERNANDEZ.




EL ARMARIO (LORENA GIL REY)

Hacía pocos meses que Silvia se había divorciado de su marido Thomas, la convivencia se había vuelto bastante dura y los gritos y peleas dominaban la casa en la que ambos vivían.
Intentaron evitarlo durante un tiempo, pero todos y cada uno de los momentos alterados de pareja estaban repercutiendo de una manera casi mortal sobre el hijo de ambos, Álvaro.
Sin más vacilaciones ambos decidieron separarse, la custodia la decidiría el Juez que  se les designo, después de todo lo que paso el pequeño, los dos se dieron cuenta de que con quien se fuese a vivir era lo de menos, lo que más les importaba en esos momentos llenos de dolor era el poder ver a su niño, a su pequeño, volver a sonreír.
Se casaron muy jóvenes, apenas con 20 y 21 años respectivamente, y siguiendo las directrices de los padres tanto de él como de ella, se casaron sin apenas conocerse, pero sí muy enamorados.
El empezó a trabajar de mecánico en el negocio familiar, y entre grasa y aceite consumaban su amor después de casarse, pues como era de esperar, llegaron vírgenes al matrimonio.
Ella mujer de su casa, esperaba con todo al gusto de Thomas después de cada día de trabajo.
A los pocos meses, Silvia entro en cinta; cuando su marido se enteró fue uno de los días mas importantes de la vida del matrimonio.
Todo marchaba alegremente, los días pasaban y se sucedían entre la felicidad y la buena esperanza que ambos estaban deseando.
Mirando álbumes, decidieron como ponerle al pequeño que venia de camino, Álvaro, como el abuelo de Thomas.
A los 3 años de nacer, empezaron las riñas, jamás hubo daño físico, pero el psicológico era brutal.
El pasaba mucho tiempo, más de lo habitual, fuera de casa y ella lo sabía, llamaba al taller y su suegro le informaba de que Thomas se había marchado tiempo antes.
Ella, entre cuatro paredes con su hijo, se sentía como un pájaro en una jaula a punto de romper los barrotes y huir lejos.
Se echaban cosas encima, que ni siquiera cuando pasaron, tenían importancia ninguna para ambos, pero eran “necesarias” en esos momentos para quedar por encima del otro.
Aguantaron un año más y a los pocos meses de que el pequeño Álvaro cumpliese los 4 años, decidieron divorciarse.
Silvia se quedó con la custodia del niño, y se fue a vivir a pocos kilómetros de su madre, sin tenerla encima todo el día pero si lo suficientemente cerca.
Cuando entraron en el piso que Silvia eligió para vivir con el pequeño, a ella le encanto, incluso la habitación ultima de la vivienda, ya sabía que uso darle, sería la habitación de Álvaro.
Entre cajas y más cajas el pequeño empezó a corretear por la casa y en un segundo sin apenas percatarse desapareció de la visión de su madre.
Durante todo el piso anduvo buscándolo, gritando su nombre, hasta que se fijó en el armario de la habitación de Álvaro, el cual se cerró con un estruendo poco antes de entrar en la habitación.
-         Álvaro, ¿cariño estas ahí? – gritaba mientras daba golpes en la puerta del armario- por favor, abre la puerta, Mamá esta asustada.

Desde el otro lado oía voces, eran claras y bastante altas, en una de ellas reconoció la voz de su niño.
Se empezó a poner muy nerviosa y los golpeteos en la puerta del armario eran más y más fuertes mientras gritaba su nombre y pedía por favor que saliese.
Calló de rodillas sobre si misma hacia el suelo mientras una lágrima se percibía en el umbral del lagrimal.
La puerta empezó a abrirse, una mano pequeña y bien formada ayudaba a la apertura, y entre las sombras, Álvaro, lleno de pintura sostenía con la otra mano los dibujos que había estado haciendo.
Por más que su madre le preguntó porqué se había quedado encerrado ahí,  porqué no la respondía, tantos y tantos porqués, pero él no respondía a ninguno.
Tampoco quiso darle más importancia ya que, todo el tema del divorcio al niño le había trastornado bastante.
-         Álvaro- decía su madre mientras le arropaba- Mamá te quiere, y no quiere que te pase nada malo, así que por favor no te vuelvas a encerrar dentro de ningún otro armario, ¿vale cielo?.

Pero ni una sola palabra salió de su boca.
Durante el baño que Silvia se estaba tomando varios fenómenos ocurrieron en la habitación de Álvaro; la puerta del armario se abrió poco a poco, mientras este se despertaba, se incorporaba en la cama y sonreía alegremente mirando hacia la oscuridad que se cernía al fondo.
Levantándose y poniéndose las zapatillas entró en él.
Cuando su madre fue a despertarle al día siguiente, esta vez si pudo abrir el armario sin problemas y descubrió a Álvaro rodeado de más dibujos y muerto de frío, dibujos que seguían un patrón, como un puzzle, que se dedicó a hacer su madre después de dejarle en el colegio.
Silvia encajó todas y cada una de las piezas, sudando frío, y con las manos echadas a la cabeza, con las piernas tiritando y las pupilas dilatadas no se creía lo que veía delante de si.
El suelo estaba lleno de folios, en cada folio una parte de un dibujo de un niño, un niño llorando, agarrando de la mano a una señora de negro, tapada con un velo y sus manos llenas de sangre.
Cogió todos los folios y los guardo, se puso una copa de vino y llamo a Thomas.
Le contó todo, y en cuanto pudo se acercó a la casa.
-         ¿Quieres que me quede esta noche con vosotros?- pregunto Thomas observando cada rincón del salón.
-         No sé si sería buena idea, tan solo quería tu opinión- le acercó una cerveza.
-         Álvaro siempre ha tenido mucha imaginación y todo lo que ha pasado solo le ha creado más tensión en su pequeña cabeza, quizás dejando pasar un poco más de tiempo todo se apacigüe
-         Espero que sea así, ¿qué te parecen los dibujos?

Su ya ex marido cogió los dibujos y los observó puestos en el suelo como anteriormente había hecho Silvia.
Realmente había algo que le mantenía en estado de alerta, el dibujo era terrorífico.
Intentó consolarla y la prometió que miraría a ver si podía averiguar algo sobre el piso, así de esa manera ella se quedaba más tranquila.
Por el momento el cogió su caja de herramientas y cerró con puntas y clavos el armario.
Esa misma noche, un ruido la despertó.
A unos minutos alejados de su casa Thomas miraba en Internet información sobre pisos, siempre le había gustado manejar este tipo de búsquedas y había encontrado cosas bastante interesantes cuando quería.
Paso una hoja de un diario, otra hoja, y otra… hasta que…
Silvia se levantó, fue corriendo a la habitación del pequeño, cuando entró no pudo creer lo que estaba viendo, el armario completamente abierto, todas y cada una de las puntas colocadas en círculos perfectos a lo largo del suelo con la zona punzante hacia arriba, temblando buscó entre la penumbra a su hijo, dio varios manotazos al interruptor de la luz pero no se encendía.
Ante los nervios empezó a rezar, se volvió para coger la linterna que guardaba en su mesita de noche, la cual sí estaba encendida, corriendo hacia el cuarto del pequeño, lo vio y lo oyó, una señora en mitad del pasillo, completamente oscura, con un velo que difuminaba una cara blancuzca y vacía de toda vida y sentimiento, con los ojos oscuros y la boca abierta: “ÉL ES MÍO”.
Ante esas palabras la figura entró en el cuarto y Silvia paralizada por el miedo y ante el esfuerzo más duro de su vida por salir de ese trance, corrió hacia la estancia para recuperar a su hijo.
Iluminó el suelo, sabía lo que la esperaba si no lo hacía, pero ante los nervios la dio igual y ante el dolor que suponía, el cual la heló la sangre, pisó las puntas y los clavos que penetraron en sus pies, rasgando carne, tendón, piel, venas, haciendo saltar sangre a borbotones llenando todo el piso de parte de su ser, dejando una estampa rojiza, muestra patente del terror de la escena.
En el armario su hijo, con la piel amoratada y las manos llenas con lo que parecía sangre, gritaba entre espasmo: ¡NO, NO, NO MAMI!
Lo cogió sin pensar en si le haría daño y con un golpetazo en el pecho, cayó en volandas sobre la mesita de la habitación, sin soltar al pequeño.
Clavos se volvieron a introducir en su piel, provocando un nuevo dolor y un nuevo sufrimiento sumado a las plantas de los pies que continuaban sangrando.
Cuando consiguió levantarse, gritó con tanta furia que espumarajos blancuzcos salieron de su boca con el mayor odio que una madre puede mostrar cuando ve amenazado a un hijo.
La puerta se cerró de golpe y el ambiente se enfrió de manera súbita, el pequeño se removía entre los brazos de su madre que temblaba por la temperatura.
Un vaho salía por la nariz de Silvia, que luchaba por mantener caliente a su hijo, cuando un chillido desde su lado derecho la taladró el oído hasta penetrarla más allá del cerebro.
Una marca de unos dedos rudos empezaron a mostrarse en su brazo derecho con el que envolvía al pequeño y en su cuello  forzándola una respiración entre cortada que la impedía aspirar y expirar.
Un paso y otro paso, pensamientos positivos del amor de una madre, consiguieron que poco a poco atravesase la habitación hacia la salida, llevándose nuevas puntas clavadas.
Sacó a su hijo de allí, por todo el cuerpo las marcas del horror  mezcladas con las magulladuras dejaban ver lo vivido.
Thomas cogió su chaqueta y salió disparado para la casa de Silvia, cuando llegó, dejo el coche sin mirar en quién venía detrás, su casi ya exmujer y su hijo permanecían en el portal ambos en pijama, el niño estaba amoratado y aunque ya no el momento era dantesco cuando se percató de los pies de Silvia.
Los metió en el coche y sacó del maletero una manta que era de Álvaro de cuando era más pequeño, lo tapó bien, ya no estaba amoratado y con suma delicadeza entre su padre y su madre le limpiaron las manos.
Fueron hasta el hospital para curar las heridas de Silvia, antes dejaron al niño en casa de la abuela.
Después de hacerle el tratamiento a los pies de su mujer, Thomas se sentó al lado y la contó lo que había encontrado mientras ella le apretaba la mano desconcertada, pálida como la pared y con el rostro desencajado echándose la mano a la boca.
Una madre de 35 años después de la muerte de su marido, sin poder vivir sin él, decidió matar a su hijo de 4 años asfixiándole con sus propias manos y enterrarlo en el lugar donde ahora se encontraba el armario del cuarto de Álvaro; ella después anduvo ida por la calle hasta que se tiró al río suicidándose.
Álvaro había sido el desencadenante del odio y egoísmo de esa madre que buscaba a su hijo nuevamente y lo había encontrado en el hijo de Silvia y Thomas.
Sin pensárselo dos veces ambos padres, contactaron con un cura que mediante unos rezos y bendiciones limpió la casa o al menos lo intentó, ya que ni Silvia ni Álvaro volvieron a vivir allí, y unidos por los sucesos, los padres se dieron una nueva oportunidad, el niño volvió a sonreír y a hablar con más ganas que nunca, ahora intentarían hacer las cosas bien, por el amor de su hijo, por el amor que una vez se tuvieron y sabían que todavía mantenían.
Lo que si quedó es la imprimación de un niño que busca a su madre sin entender porqué le ha hecho eso, no sabe si ha sido un niño malo y mientras la ve a lo lejos en su casa llorando, el se esconde en el armario porque intuye lo que le va a hacer y ella grita y grita, anhelando y culpándose de lo que un día perdió, de lo que un día borró,  de lo que un día…. mató.

ESCRITO POR LORENA GIL REY

3 comentarios:

  1. Uffff, casi no podía leer despacio para enterarme bien porque quería saber un poco más. La historia es cojonuda y da bastante miedo, Lorena. Lo que he sentido aparte de esto es rapidez al escribirla, y a mí esto me da más nervios si cabe, y cuando acabo, tengo que intentar respirar en condiciones. Jo, todo esto es para decir que me ha gustado.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, esa era la idea, me gusta saber que conseguí ponerte de los nervios!!. Muchas gracias!.

      Eliminar
  2. Acabo de leer el relato de Soraya, "Vuelo de cuervos" y como siempre, me gusta la forma de mezclar el terror y el sexo en el texto, cosa que añade un punto a favor de la lectura.
    Ariadna Rose

    ResponderEliminar