martes, 14 de octubre de 2014

CIERRA LOS OJOS Y DUERME, PEQUEÑA


CIERRA LOS OJOS Y DUERME, PEQUEÑA

La niña se acurruca al regazo de su madre. Abraza entre sollozos a su peluche, siente como el desconsuelo golpea su alma con insistencia: jamás podrá escapar de la oscuridad. El suelo está frío. Mamá desprende un poco de calor, y la niña tiene sueño.
Cierra los ojos y duerme, pequeña.
«Papá se ha portado mal. Ha llegado a casa borracho, como cada noche desde que perdió el empleo. Mamá le ha gritado, ya no soportaba la situación, tampoco a él. Papá se ha enfadado, y en un intento por agarrar a mamá, ha tropezado con la mesa y se ha golpeado en la frente con el aparador del salón. Papá sangraba, pero a mamá parecía no importarle.
—¡Lárgate a tu cuarto, niña! — le ha gritado antes de propinarle una bofetada. Con apenas cinco añitos no es la primera que recibe. Corre y se esconde debajo de la cama.
Gritos. Lloros. Reproches. Golpes. Y silencio. Un silencio aterrador y profundo envuelve la vivienda entre tinieblas. Ya no es un hogar. Hace tiempo que dejó de serlo, desde que papá perdió su empleo y empezaron a recibir los apremios de embargo. La niña tiene miedo. Miedo a su padre, a sus puños, a su mirada enloquecida. Miedo al monstruo. Y al silencio.»
Los primeros rayos de luz penetran por la ventana de la cocina. La niña sigue acurrucada junto a su madre, abrazada al peluche. Papá se ha marchado, no volverá. El suelo está caliente, mamá fría. La niña desentumece sus frágiles huesos mientras guarda silencio; temerosa, observa el cuello lívido de su madre a la espera de que esta despierte.
—Despierta, mami, tienes que llevarme al cole… —balbucea entre sollozos.

Mamá no abre los ojos, no los abrirá jamás. Esa noche han dormido juntas por última vez. En la calle se oyen sirenas. Pronto la arrancarán de su lado como papá le ha arrancado el alma. Por delante sólo oscuridad, una aterradora y perversa oscuridad que la acompañará durante toda su vida.





CABALGO

Llevo un rato tumbado en el suelo, estoy tranquilo. Suelo soportar las noches al calor del vino barato, pero está noche de Reyes es distinta y apenas padezco el frío. Mi casa de cartón se encuentra más cálida que nunca. Oigo el griterío de los niños al paso de la cabalgata, y me recuerdan que tuve una bonita infancia. Quiero levantar la mirada y contemplar sus rostros sonrientes, tal vez entre la multitud encuentre a mis hijos. Me gustaría verlos, esta noche los necesito a mi lado para pedirles perdón por no haber sido un padre para ellos. También a ella, sé que le hice daño.
No puedo moverme. Mi mente vuela. Mi corazón late despacio, con un compás desganado y fúnebre. Veo ante mí una sombra que se aproxima. Sus ojos son profundos y aterradores;  me produce escalofríos. Muestra una sonrisa macabra y me abraza. Debería sentir miedo, pero su delicadeza es agradable y su abrazo aterciopelado. Me envuelve con su calor, con su ternura. Arranca la jeringuilla de mi brazo y me lleva con ella, lejos. Termina con mi sufrimiento.
Hacía tanto tiempo que no me sentía bien, que estoy abrumado.
Cierro los ojos y dejo que la brisa acaricie mi rostro. Cabalgo a lomos del caballo hacia la estrella de Oriente. Esta noche soy especial, mañana seré una estadística sin llanto. Un cuerpo abandonado en la morgue de algún hospital. Un trozo de carne cubierto con una sábana blanca a la espera de que alguien vaya a retirarlo para darle una sepultura digna, que quizá no merece, pero que todo ser humano debería tener.


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