lunes, 13 de octubre de 2014

UNA HISTORIA DE FANTASMAS


Le hubiera gustado caminar más deprisa. No sabía cómo pero el tiempo se le había echado encima. Ahora los días de otoño eran más cortos, paseando sobre las hojas secas , se sentía menos sola escuchando el crepitar bajo sus pies. El agua cristalina de la superficie del lago mantenía todavía restos del calor del verano, lo que provocó una densa niebla que la acompañaba desde hacía unos minutos, impidiéndole ver más allá de varios metros. Ese aire, teñido de blanco, creaba un ambiente opaco produciendo un efecto onírico, casi romántico, que al andar cubría su ropa de pequeñas gotas. El cielo se mantenía poco cubierto, prácticamente despejado pudiendo contemplar un manto estrellado. Intuía los árboles a ambos lados del camino, crujidos de ramas y sonidos casi imperceptibles de los animales que allí habitaban, aspiro el aroma del bosque resultándole pesado. Todo estaba cubierto por una pátina de tranquilidad, hoy no habían tenido ningún bombardeo.
Pensó en el final de la guerra, la gente murmuraba que ya estaba cerca, seria fantástico volver a vivir sin las alarmas antiaéreas, sin los cortes de luz, no se acostumbraba a las velas, dejaban demasiados ángulos oscuros, sombras que temblaban; no era extraño que, antiguamente, la gente viera tantos fantasmas, como bien dijo alguien que ahora no lograba recordar: «Con la luz eléctrica los fantasmas habían desaparecido». Y puede que fuera verdad.
Su casa de dos plantas la esperaba, algo iba mal, la puerta de madera añeja de roble, estaba abierta. Sus padres siempre la mantenían cerrada a esas horas. Aceleró el paso subiendo los escalones del porche casi sin tocarlos. Se encontró sin resuello mirando un fuego vivo que ardía con fuerza en la chimenea, el silencio de una tumba lo envolvía todo. Aproximándose a las llamas buscando un respiro, vio un hermoso ramo de rosas rojas sobre la mesa. ¿Rosas en este época?, murmuró, ¿Quién las había traído?
Tuvo miedo por primera vez cuando las olio comprobando que no desprendían ninguna fragancia, ese miedo la ayudo a despertar del letargo gritando el nombre de sus padres, hermanos, de la criada… Pero las estancias sólo le devolvieron su propia voz, un eco, que no respondió nadie.
Estarán en el refugio, se dijo a sí misma.
Abandonó la seguridad que le ofrecía la leña ardiendo, se acerco detrás de la vivienda donde su padre había construido un sótano para protegerse de los bombardeos. Abrió la trampilla, sintiendo otra vez que algo no encajaba. Una oscuridad helada la esperaba abajo, una negrura que olía a tierra húmeda y putrefacción. Desde arriba volvió a gritar sus nombres. Nada, silencio absoluto, o eso parecía. Un ruido de alguien arañando le hizo encender una de las velas que tenían dispuestas para pasar allí las horas. Bajó despacio, buscando la procedencia de esos sonidos; en el suelo, arrastrándose, arañando las planchas de madera que cubrían la tierra, encontró a Ana, la criada. Le enseñó unas cuencas vacías sangrantes, junto a una cabeza casi partida por la mitad, simplemente era imposible que eso siguiera vivo, imposible. Tiró la vela encendida. Sus gritos acallaron todo lo vivo del bosque, subió a toda velocidad cerrando de un porrazo la trampilla: Cuando llegó a la casa cerró de otro golpe la puerta, corrió los cerrojos con tanta fuerza que uno se dobló. Entonces escuchó unos ruidos en la planta de arriba, como si patearan el suelo. Las ventanas se abrieron de par en par, la niebla invadió el interior de la planta baja, el fuego se apagó. Ella se quedó quieta, paralizada, alguien bajaba por la escalera.
Los pasos se detuvieron, los escalones dejaron de crujir, su mano temblorosa encendió una nueva vela que olía a miel. En la escalera no había nadie. Comenzó a subir. No sabía de dónde sacaba las fuerzas que la acercaban a la planta de arriba. Sintió sus ojos humedecerse al recordar a su familia.
En medio del pasillo, vio a sus dos hermanos pequeños, cogidos de la mano, con ropa inadecuada para este tiempo ya fresco.
— ¿Adriadna, dónde estabas? —Le dijeron con un tono de voz tan bajo, que casi era un susurro.
Por un instante quiso abrazarlos, pero no ¿Qué les pasaba? Por favor… sus cabezas, también estaban abiertas, escapando algo blanco que se movía ¿Gusanos?
—No —gritó, estáis muertos, estáis muertos.
La puerta de la habitación de sus padres empezó abrirse. Sabía que no podría soportar otra imagen desgarradora, se encerró en su cuarto haciéndose un ovillo encima de la cama. Un ras ras, sonaba en una de una de las paredes. Miró. La estaban traspasando.
—Dejadme en paz, estáis muertos, dejadme en paz —gritaba, mientras unos brazos ya se adentraban en su cuarto. Les siguieron sus cuerpos, En silencio se fueron acercando hacia ella.
Notó una caricia sobre su pelo, así la acariciaba su madre. Entre espasmos de miedo y llanto se obligó a mirarla. Aunque la luz de la luna iluminaba lo suficiente, no vio a ninguno de ellos reflejado en su espejo de cuerpo entero, a ninguno, ni siquiera se vio ella, entonces recordó aquella noche, el bombardeo, corriendo sabiendo que no les daría tiempo de abandonar la casa. Los miró uno a uno, ahora ya no tenían nada en la cabeza, eran tal y como siempre fueron. Juntos abandonaron la habitación para regresar de nuevo al salón donde el fuego volvía arder. Según bajaba le llego un embriagador perfume, ya podía oler las rosas.

1 comentario:

  1. Un gran relato, otra pequeña joya de Soraya y su talento para contar historias, con su toque onírico y su buen pulso narrativo.

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