miércoles, 4 de febrero de 2015

TU AMOR ME MATA








—Ha comprendido usted todo lo que le acabo de decir?  — interrogó el médico a su paciente que ya empezaba a manifestar los primeros síntomas.
—Sí, claro —titubeó el hombre —sólo tengo dudas sobre la página 14 del informe.
—No existe ninguna página 14, señor Gutiérrez —corrigió el matasanos. —Me temo que tendré que explicarle todo desde el principio. —El semblante del doctor Arjona palideció de repente mientras se oía a sí mismo pronunciando aquellas palabras.
—¿Cómo dice? En la página 14 explica usted claramente el tratamiento al que voy a ser sometido: castración química.
—Insisto de nuevo señor Gu… Gutiérrez —farfulló—, quiero que comprenda la situación en  la que se encuentra David —pensó que si lo llamaba por su nombre conseguiría que aquel extraño individuo le prestara la atención que necesitaba dadas las circunstancias. En todos sus años como profesional jamás se había encontrado con un caso similar.
—Sí señor, me llamo David —confirmó el hombre mientras jugaba con los grilletes que esposaban sus muñecas.
—De acuerdo David —suspiró el médico al percibir que mostraba algo de interés ante sus palabras. —¿Sabe por qué está usted en este hospital?
—No sé.
—¿Sabe por qué lleva esposas?
—No lo recuerdo doctor.
—¿Quiere hablar de lo que ocurrió hoy al mediodía?
—No señor. Quiero hablar de la página 14. ¿Puedo ir al baño?
—Por supuesto. —Arjona hizo un gesto con la mano a los guardias para que vinieran a por el preso.
Aprovechó que éste se había ido para ordenar los papeles y las pruebas médicas del caso Gutiérrez y se recostó en el incómodo sillón del despacho intentando dejar la mente en blanco. Hablar con ese hombre era sólo una pérdida de tiempo pero se veía en la obligación moral de hacerle saber lo que le iba a suceder.
Carolina, la encantadora esposa de David Gutiérrez, sabía que su marido acabaría mal tarde o temprano. Sus numerosas salidas nocturnas —durante los largos años que llevaban casados— primero le hicieron tener sospechas de posibles infidelidades. Luego pensó que tomaba drogas y que salía siempre a esas horas para hacer trapicheos con algún camello del pueblo. Más tarde sintió indiferencia por él y sus asuntos y, al final, la apatía desembocó en una curiosidad atroz hasta el punto de seguirle una noche —le costó arrancar el seat león negro de lo nerviosa que estaba— en la que comprobó a lo que se dedicaba su querido esposo. Su rutina consistía en ir a un bar de los que cierran tarde, esperar en una esquina a que saliera alguna mujer borracha, abordarla y llevarla hasta su coche donde la golpeaba y violaba de forma brutal. Como pudo comprobar después, esa no sería ni la primera ni la última vez que su maridito repitiera la operación al cobijo de la oscuridad.
Al principio lloraba de pena e impotencia y daba gracias al cielo por no haberle dado hijos. Pero no podía vivir sabiendo que ella era cómplice involuntaria de los crímenes que cometía el hombre que se acostaba con ella desde hacía más de 20 años.
—¡Mira! ¡Mira papi! ¡Qué seta más bonita he encontrado! —exclamó Carolina para que su padre la escuchase. – Son del color del café con leche que se prepara mami por las mañanas.
—Cielo —le dijo su padre con cariño mientras acariciaba su castaño cabello –—nunca cojas setas en el bosque si no vas acompañada de alguien que sepa distinguirlas ¿vale? —le comentó con tono condescendiente. —¿Ves lo que hay ahí? Esas tres pequeñas setas en ese tronco viejo  pueden hacerte mucho daño. Si las comes te dolerá mucho la barriguita, vomitarás, tendrás mucha sed y también diarrea. Lo peor de todo es que tu cuerpo se pondrá amarillo, no podrás hacer pipí y luego morirás. Papi vio una vez morir a un hombre que sólo le había dado un bocado a una.
Carolina recordaba su infancia y aquellos largos paseos por el bosque con su padre cuando contaba con tan solo nueve años de edad. Su progenitor siempre fue un gran aficionado a la micología y consiguió que, con el paso del tiempo, ella lograra diferenciar qué setas eran venenosas y cuáles no.  La que vio aquel día era la Galerina marginata o Galerina rebordeada, como la llamaba su padre.
David  volvía del servicio, acompañado de los guardias. Había intentado orinar en varias ocasiones sin éxito, lo que reflejaba angustia en su rostro.
—Siéntese —ordenó Arjona.
—Sí. —Contestó el hombre casi sin fuerzas para hacer ese movimiento.
—Vuelvo a repetirle David que el informe sólo tiene 3 páginas. Contiene las pruebas que le hemos realizado pero no viene ningún tratamiento. No hay página 14.
—No comprendo —ríos de sudor bañaban la frente de Gutiérrez.
—¿Recuerda el revuelto de setas y champiñones que le hizo su mujer hoy al mediodía?
—Sí, ¿pero a qué viene esa pregunta?
—David, lamento comunicarle que las setas que comió son muy tóxicas. Cuando usted ingresó hace unas horas no presentaba síntomas así que realizamos las pruebas tras la declaración de su mujer Carolina. Después comenzó usted a tener calambres y pudimos confirmar que en su cuerpo se había instalado una toxina, la amanitina, una sustancia que, transcurrido cierto tiempo, es mortal de necesidad.
—Pero… ¿cómo? ¿Qué está diciendo? ¿Qué mi mujer me ha envenenado?
—Su mujer ha confesado —sentenció—, no sólo el envenenamiento sino las violaciones de las que ha sido testigo. Mírelo por el lado bueno señor Gutiérrez, gracias a ella va a ahorrarse muchos años de prisión —sonrió el doctor.






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