miércoles, 11 de noviembre de 2015

EL NEGRO


Me gustaba escribir. Y lo digo en pasado porque ya no me gusta. Ahora odio todo aquello que tiene que ver con un papel y un lápiz, con una máquina de escribir o con un ordenador. Incluso ver un libro me horroriza.
       Y todo por mi avaricia…
     Noelia era feliz. Una niña traviesa. Una pequeña revoltosa de cinco años que llenaba mi espacio, mis horas y mis días.
       Esto lo digo ahora, porque no puedo escribirlo. Desde la celda 313 grabo en una pequeña cinta mis pensamientos, que bullen locos y pugnan por salir de mi cabeza. Necesito sacarlos de mi mente para no enloquecer.
       En aquellos años no imaginaba que añoraría sus risas, sus gritos y sus rabietas. Para mí era molesto tener que aguantarla fin de semana sí, fin de semana no, en la gran casona que me había comprado con el premio Cervantes.
       A partir de aquello ya no fui el mismo. Me llovieron ofertas de todas las editoriales y solo pensaba en escribir y escribir. Comía en el dormitorio, dormía en el sofá para no perder ni un minuto de descanso. Sin vestirme, sin ducharme, sin afeitarme.
     Noelia pasó a un segundo plano. Jugaba con sus muñecas en el cuarto de los niños y, cuando se aburría, se pasaba las horas muertas pegada al televisor.
     El trabajo fue acumulándose. Fui incapaz de seleccionar ofertas y firmé todos los contratos que me pusieron sobre la mesa. Y una mañana me di cuenta de que me sobrepasaran los encargos. Iba a ser incapaz de entregar en plazo las novelas. Ya había cobrado anticipos de derechos de autor y no podía devolverlos. La sobredimensionada hipoteca de mi mansión se comía todos mis ingresos.
       Y pensé: «Algo tengo que hacer para salir de este embrollo».
      La solución apareció en mi propia casa. Una voz me habló, en sueños, la noche de los muertos.
        —Yo te puedo conseguir un negro. A cambio, necesito algo tuyo que me alimente.
      En mi angustiosa ansiedad no quise razonar la locura del pedido y accedí al trueque. No recordé que Noelia estaba en casa, que pasaba ese puente conmigo porque Irene se había ido de crucero con su nuevo novio, veinte años más joven que ella.
      La voz me guió hasta mi habitación y me dijo que durmiera esa noche como nunca lo hubiera hecho. Al día siguiente mi nuevo empleado, el negro, haría el trabajo sucio por mí y todas las novelas se entregarían a tiempo.
      Así que, antes de acostarme, me bebí una botella de bourbon para celebrarlo, y me acosté en mi cama por primera vez en años.
    Me despertaron los gritos agónicos de mi hija. Miré el reloj de la mesilla y, sorprendido, observé que eran las doce de la noche. No había dormido apenas nada.
    Los alaridos eran dolorosamente hirientes en mis oídos. Como si mi hija se estuviera reventando por dentro. Corrí a su habitación y, al verla, mis gritos de terror se oyeron a los suyos.
      De su boca surgía una mano, que se abría paso desde el interior de sus entrañas. Se le abrieron los labios y la sangre comenzó a fluir de su cara desencajada. La mandíbula hizo un ruido, como un chasquido, que todavía oigo en sueños, al partirse. Sus ojos se salieron de las órbitas, arrancados violentamente desde el interior, mientras un ser salido del infierno se abría paso, surgiendo de su cuerpo desmembrado y roto. Era un negro.

    La policía llegó alertada por los vecinos. No tuvo que insistir mucho en mi detención. Todas las pruebas apuntaban a mí. Desde la cárcel observo el mundo y recuerdo lo ocurrido. Cometí un error absurdo en la noche de difuntos. Y ahora lo pago caro, muy caro.
     Acusado de asesinato con ensañamiento, me condenaron a cadena perpetua. A veces, el guardia, para divertirse, me enseña fotos de negros desnudos. Solo con mirarlos dos segundos enloquezco, y me encierran en una celda de aislamiento hasta que me tranquilizo.
     Irene no me lo ha perdonado ni me lo perdonará. Se quedó la mansión y sé, por mi abogado, que la vendió. No me creyó cuando le conté lo que pasó realmente, pero dijo que en aquella casa oía risas y voces extrañas.

   Espero que quien adquiriera la casa nunca pida un deseo en la noche de Halloween…



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