viernes, 24 de noviembre de 2023

Hemeroteca del miedo 8: Bichofobia

A lo largo de mi vida no me han repugnado todos los insectos, solo los bichos, por lo que más que entomofobia podría decirse que padecía de bichofobia. Pero, ¿cuál era la diferencia entre bicho e insecto? Según esa nueva biblioteca de Alejandría llamada internet la diferencia clave entre unos y otros era la posesión de piezas bucales especiales para absorber jugos. Sin embargo, para mí la diferencia se encaminaba más hacia lo visual. Un insecto era un ser que a simple vista parecía majete e inofensivo: por ejemplo, una mariposa o una hormiga; pero una hormiga pequeña, nada de esas cabezonas y rojas que te muerden cuando tienen ocasión.

Creo que fue de niño cuando comenzó este pánico hacia los bichos, por aquel entonces vivía en Cádiz y contaba con unos diez u once años de edad. Recuerdo que una madrugada de verano mi hermano pequeño, con quien compartía habitación, me despertó para hacerme partícipe de una inquietante noticia: «Algo se mueve por el suelo». Pensé que quizá todo era fruto de una pesadilla, pero no. Efectivamente, cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, una sombra ovalada de casi medio palmo iba da acá para allá reptando a sus anchas entre la penumbra. Al encender la luz del dormitorio mis peores temores se hicieron realidad. Allí estaba ella, parda y robusta, con unas antenas que casi sobrepasaban el tamaño del resto de su cuerpo. Ante mí se encontraba la cucaracha más grande que había visto en mi corta vida. Miré a mi hermano y él se encogió de hombros con esa expresión en la cara de «tienes que matarla». Pero, joder, ese maldito bicho era enorme. Por un momento me sentí como un soldado de una de esas viejas películas de ciencia ficción, tipo «La humanidad en peligro» o «Tarántula», que se encaminara resignado junto con su pelotón para hacer frente a la amenaza de algún tipo de insecto mutado por radicación atómica. En fin, no me quedaba más remedio que vencer mis temores y hacer frente a la temible criatura, pues yo era el hermano mayor y debía ser un ejemplo de entereza, fortaleza y valentía. Pero claro, si en el cine de serie B los sufridos humanos se valían de armamento para prestar batalla a tan temibles criaturas, ¿por qué no iba a estar legitimado ya para hacer lo mismo sin perder mi hombría? Entonces recordé el bote de insecticida guardado en el mueble del lavadero de la cocina, que por suerte era específico para matar cucarachas; nada más y nada menos que cucal. De esta manera pasé al lado de la abominación, la cual me ignoraba porque se sabía superior, y puse pies en polvorosa en busca del arma. Me sentí poderoso con el insecticida en mis manos, como el rey Arturo empuñando la espada Excalibur tras arrancarla de la roca o el mismísimo dios del trueno blandiendo el mítico martillo Mjölnir. Pero aún me sentí mejor cuando agité el bote y comprobé que al menos quedaba la mitad. Sí, ahora yo tenía el poder de Grayskull y ese ser horrendo del inframundo podía darse por jodido. Ya de nuevo en la habitación, bien agitado el bote de cucal y desprovisto de su tapa, espolvoreé el veneno sobre la criatura y «Sayonara, baby». Yo respiraba aliviado con una sonrisa entre bobalicona y triunfal. Pero lo más importante fue escuchar los aplausos de mi hermano, lo que significaba un nuevo triunfo para mi ego. Fue mi momento de gloria a lo Andy Warhol. Gloria, por otro lado, muy perecedera.

Tras disiparse la polsaguera de insecticida, y para mi más absoluta desdicha, el monstruo seguía allí, vivo y meneando sus antenas. Mi enemigo había pasado del color terroso al gris ceniciento a causa de la metralla venosa que se había incrustado en su armazón, luciendo como un tanque de guerra que hubiera sobrevivido a un bombardeo. Aunque lo peor de todo era que tras mi ataque había captado su atención. Pero no me importaba, la artillería pesada había fallado y era el momento de emprender otro tipo de batalla distinta: el cuerpo a cuerpo. Ya estaba preparado con mi zapatilla en la mano para aplastar al engendro cuando, ante mi sorpresa, empezó a bufar y a elevarse en las alturas mientras alteaba sus alas con frenesí. Sí, después de todo aquel maldito bicho no era tanque sino helicóptero, uno grande y de combate. Hasta entonces mis escasos conocimientos sobre la fauna autóctona del canguelo me llevaba a pensar que eso volar era propio de avispas o moscardones. Pero no, aquella maldita cucaracha se me echó encima desde las alturas como el mismísimo Drogon en su ataque a Desembarco del Rey.

Desconozco quién gritó primero, si mi hermano o yo, pero era evidente que la estrategia de mi enemigo había funcionado para ganarme en su envite psicológico. No sé cómo, durante mi huida despavorida, logré hacerme con una camiseta que zarandeé hasta, con más suerte que pericia, atizar un golpe mortal a la amenazada voladora. «¡Mátala!», gritaba mi hcsdermano cuando el bicho pataleaba bocarriba y medio aturdido en el suelo. En ese instante recuperé mi zapatilla con intención de acabar definitivamente a la abominación cuando ésta se dio la vuelta. Le aticé un golpe tan fuerte como mi brazo de niño me permitió, pero no lo suficiente como para espachurrar a ese demonio. ¿Cómo esa cosa era tan fuerte? ¿acaso había salido de las cloacas del planeta Krypton? Lejos de matar a la criatura la había enfurecido aún más.

Había quedado patente su superioridad y yo, siendo por entonces un pobre preadolescente, era el claro ejemplo de la decadencia del ser humano frente a la naturaleza. Entonces decidí que, si no podía acabar con ella, la expulsaría de mi hogar. Tras armarme de valor, le arrojé por encima la camiseta y la envolví. Todo ello antes de la nueva embestida aérea que preparaba. Claro, podía haber sacudido el trapo por la ventana, pero, ¿quién no me aseguraba que aquel ser inmundo no volvería a tratar de entrar como el niño vampiro de El Misterio de Salem´s Lot? No, tendría que usar una solución aún más drástica. De esta manera corrí hasta el cuarto de baño, con el monstruo luchando por abrirse paso a través de la trampa de algodón que lo envolvía entre mis manos, levanté la tapa del inodoro, sacudí la camiseta y tiré de la cadena. Ahí debería de haber terminado todo, con el bicho ahogado como el mismísimo Jason Voorhees en el lago de Crystal Lake. Pero al igual que sucediera con el famoso asesino de la máscara de hockey, la cosa no iba a ser tan fácil. Exhausto me había dado la vuelta camino de mi dormitorio cuando un bisbiseo escalofriante se sobrepuso al sonido de la cisterna. No hacía falta que me girara para averiguar la naturaleza de aquel sonido, era el bufido de la bestia que había sorteado su fatal destino y regresaba de entre las aguas para cobrarse su venganza. En ese momento cerré la puerta del aseo y salí corriendo a mi habitación.

Al día siguiente la cucaracha había desaparecido sin más. ¿Dónde había ido? Quizá decidió escapar por las tuberías para, pasados unos años, aparecer convertida en una especie de Kaiju japones, de esos que siempre acaban tocándole la moral a Godzilla. Quizá nunca abandonó el cuarto de baño y decidió esconderse en la oscuridad que le confería algún recoveco con el fin de devorarme ante mi más mínimo descuido. Afortunadamente, jamás pasó ni una cosa ni la otra, pero ese miedo racional o irracional a los bichos quedó latente en mi subconsciente de por vida.

¿Y por qué contar todo esto? Pues porque semanas atrás, dentro de esta especie de apocalipsis del AliExpress que nos ha tocado vivir en los últimos años —donde la humanidad ha sido asediada por pandemias, guerras, desastres naturales y hambrunas—, he asistido a un nuevo y desconcertante capítulo en este desorden mental mío —uno de tantos— al que llamo bichofobia; ni más ni menos que la plaga de chinches cuyo epicentro parece estar ubicado en Francia. Hasta el diario Le Parisien les había dedicado un artículo en el que los llamaba «los vampiros bajo las sábanas». Si durante años la pesadilla de París fue la proliferación de ratas, desde meses atrás la capital francesa estaba haciendo frente a una invasión de chinches. La alarma mediática empezó cuando se hicieron virales varios vídeos que mostraban a estos bichos pululando en las butacas del cine. Más tarde sucedió lo mismo con los asientos del metro y de algunos trenes de cercanías. Hasta tal punto llegó la situación que las autoridades se vieron obligadas a cerrar dos escuelas. La propagación de estos parásitos a pocos meses de los Juegos Olímpicos en París había desatado la psicosis, no solo entre nuestro país vecino sino entre el resto de los estados europeos. «La plaga de chinches llega a España: ¿se convertirá en un problema en Francia», así versaba el titular que aparecía en el diario español 20 Minutos el pasado 17 de octubre. En la noticia se indicaba que La Asociación Nacional de Empresas de Sanidad Ambiental había advertido que la presencia de estos insectos se trataba de un problema emergente en casi todo el mundo, que ya afectaba a España. Incluso un científico del CSIC decía que estos molestos insectos llevaban con nosotros varios años y que cada vez había más. Por otro lado, los entomólogos comentaban que estos bichos tenían la facultad de plantarse en cualquier lugar del mundo en menos de 24 horas debido al turismo y transporte de personas. Ósea, yo sin un céntimo ni para viajar a Torremolinos y aquellos seres eran capaces de marcarse viajes internacionales para extender su prole por el mundo. Pero lo que más me inquietó fue leer que esas criaturas se estaban volviendo inmunes a los insecticidas, como la maldita cucaracha de mi infancia.

Aquello me sobrepasó. Tras asimilar el contenido del periódico, y como buen bichocondriaco, no podía evitar sentir un cosquilleo por todo mi cuerpo. En ese momento consulté al gran oráculo de nuestro Matrix, Google, en busca de respuestas. Desde luego los chinches no podían ser tan peligrosos como las cucarachas, pues de ellas siempre se había comentado que podrían resistir hasta una guerra atómica; incluso existía un animé titulado Terraformars donde unas cucarachas evolucionadas con pinta de humanoide plantaban cara a los seres humanos en el futuro. «Muere un preso en Georgia (EEUU) comido por las chinches» narraba un titular de la edición digital de laSexta noticias aparecido en mayo de este año. Casi me caí de culo al leer esto. No, no podía ser cierto. Bueno, o quizá sí, en América pasaban esas cosas. Vaya, parece ser que finalmente, como buen superviviente de una peli de serie B tendría que prepararme para lo que se avecinaba. Entonces volví a buscar la palabra plaga en internet y descubrí con pavor que los mosquitos que transmitían la malaria habían matado a 52.000 millones de personas del total de 108.000 millones que vivieron a lo largo de la humanidad; que las hormigas, en la llamada marabunta, se reunían desde que el mundo ere mundo en colonias de hasta 20 millones de individuos y avanzaban en masa para arrasar con todo lo que encontraban a su paso; que con el comienzo del nuevo curso escolar volvía también una de las mayores pesadillas de los padres año tras año, los malditos piojos: de hecho, un titular indicaba que a una niña de Texas le habían encontraron 15.000 piojos en la cabeza —joder, ¿llegaron a contarlos? ¿acaso los padres de la pequeña piojosa ambicionaron con arrebatar el puesto de ilustre coleccionista de parásitos cabelludos al mítico Bob Marley? —, y otra niña en Tucson, también en EEUU, había muerto a causa de la anemia causada por una infestación de esos malditos parásitos, lo que había supuesto que la madre fuera acusada de delito grave de maltrato infantil. Por si fuera poco, también me enteré, gracias al diario 20 Minutos, que un hombre murió en Ourense —mierda, ¿en Ourense? Eso está en España— tras ser atacado por un enjambre de avispas velutinas originarias de Asia —joder, ¿de Asia? ¿cómo llegaron has aquí? ¿Acaso llegaron en avión como los malditos chinches de Francia?—. No, no era posible, todas las especies de bichos se habían aliado para acabar con los seres humanos: avispas, cucarachas, chinches, hormigas, piojos…

Entonces, al borde del colapso y la desesperación, me saltó una noticia de una web llamada xataca.com que me devolvía la esperanza: «Estamos viviendo la gran extinción de los insectos (y por mucho que te asqueen, es mala noticia)». ¿Era mala noticia? ¿por qué iba a ser mala noticia que se pudran en el infierno los malditos bichos que han matado niños y presos en USA o a un pobre vecino de Ourense? Empecé a leer el artículo para satisfacer mi curiosidad: «Existiendo hasta 30 millones de especies, los insectos no son solo plagas. Son cruciales para el planeta y nuestro suministro de alimentos. Pero cada año, la cantidad de insectos que sobrevuelan, se arrastran o excavan en algunas partes del planeta se reduce. "¿Y por qué son tan importantes las moscas?”, se preguntarán algunos. Pues porque sin ellas no habría chocolate y tampoco helado, porque polinizan tanto el cacao como las plantas que alimentan a las vacas lecheras (…). Las poblaciones abundantes de insectos son vitales por muchas razones, que van desde la forma en que sustentan el suministro de alimentos del mundo hasta la forma en que crean flores a través de la polinización. Aunque la mayoría de nosotros preferiríamos no encontrarnos con muchas de las criaturas más diminutas del planeta, no se puede subestimar su papel en nuestras vidas». Nada, seguro que era todo mentira, tenía que serlo. ¿Quién me decía a mí que el tipo que escribió aquellas líneas no había sido coaccionado de alguna manera por algún puñado de insectos a cambio de no ser devorado? ¿Debía entender de aquella lectura que los verdaderos bichos de este planeta éramos los seres humanos? Ni de coña.

Decidí dejar de leer paparruchas sobre insectos para centrarme en otras noticias del mundo: «Rusia realiza un simulacro de ataque nuclear masivo», versa un titular de Euronews. ¡Por supuesto! Quizá, cuando Putin dejara de matar a sus vecinos de Ucrania podría hacer frente a las hordas de bichos que trataban de destruirnos como especie dominante. «Corea del Norte lanza dos nuevos misiles balísticos», se leía en otro titular de El País. Kim Jong-un, otro gran bastión para la causa de los humanos. Claro que sí, el dictador gordito, ese que era tan simpático con su pueblo —tenía que serlo si siempre aparecía en los vídeos rodeado de compatriotas suyos, todos risueños y felices—podía ser otro gran aliado para la causa de la humanidad.

Me quedé más tranquilo, los seres humanos a lo largo de la historia hemos matado a millones de otros seres humanos —60 millones en la II Guerra Mundial, 20 millones en la I Guerra Mundial, 2 millones en la conquista europea de América, 5 millones en las Cruzadas, 8 millones en la Guerra de los Treinta Años… etc.—. Sí, éramos el jodido depredador supremo de este planeta, ¿acaso nos íbamos a amilanar por un puñado de criaturas minúsculas y asquerosas?

De repente escuché un zumbido y levanté la cabeza de mi portátil. ¿Qué sucedía? No, no era posible. Ahí estaba, alada y peluda, con su mirada caleidoscópica que parecía retarme. Muchos la habrían calificado como una simple y molesta mosca, pero yo sabía que era algo más. Sí, se trataba de una avanzadilla espía que me mandaban las legiones de bichos invasores. Como en mis viejos años de cazador de cucarachas, tomé en mano mi zapatilla y me aproximé al enemigo con sigilo. Aquella hija de satanás no sabía con quién se había metido. Yo era un ser humano, el auténtico depredador dominante de este planeta, y como tal solo yo podía asesinar y destruir.

Fuentes: Antena3.com, Clarin.com, 20minutos.es, bbc.com, nationalgeographic.com, xataca.com, elperiodico.com, euronews.com
Fotos: Pinterest.com, Apple TV.com, Huffpost.com, lavanguardia.com

Artículo escrito por Pablo C. Millán

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