viernes, 19 de mayo de 2023

Hemeroteca del miedo 7: Esa pequeña manía de acaparar objetos

 

James Burns, de 44 años y coleccionista de objetos relacionados con Star Wars, posa con parte de su colección en Londres. 

Existe una línea divisoria muy difusa entre pasar por un comprador compulsivo de cosas innecesarias y ser coleccionista. Cada vez que adquiero un nuevo comic para, como marca la tradición, quedar relegado al rincón de lecturas pendientes, me digo a mí mismo que existen cosas peores que esta manía, como la droga o robar. Desde luego que sí, y sobre todo trato de convencerme de que aún me queda margen para peinar canas, aunque en mi caso sean las de la barba, como uno de esos sufridores del mal llamado síndrome de Diógenes. Entiendo que mal llamado porque el tal Diógenes, todo un lumbreras del siglo IV a. C. a quien apodaban el Cínico, sentía un profundo desprecio por la acumulación de bienes materiales, o eso dice San Google. No, desde luego que lo mío dista mucho de ser un trastorno, es una inversión —esto es lo que suelo decir en casa cuando aparezco con otra de esas cosas superfluas para el resto de los comunes mortales—. Total, si hay personas que coleccionan sellos, monedas, juguetes, tazas o incluso insectos disecados, ¿acaso mi pequeña manía ha de despertar mayor aversión que estas otras? Lo cierto es que este planteamiento de poco o nada me sirve cuando trato de hacer entender a quienes me rodean sobre esa necesidad, mal confundida con adicción, de colmar mis estanterías con los lances engrapados de un puñado de justicieros enmascarados. ¿Acaso no sería más descabellado coleccionar huesos de nuestros congéneres como el aquel tipo que vi en televisión en uno de esos dating show meses atrás? 

«Sí, estoy fatal», reconocía Esauel con su porte de Drácula de Coppola ante la atónita mirada de Elena, su cita, al saber que coleccionaba cráneos humanos. «¿Qué te ha pasado para coleccionar esto?», preguntó ella, una chica gótica, con su vestimenta dark y sus tatuajes, que al parecer se topó con la horma de su zapato. «Es como la joya de la corona para mí que hago taxidermia y colecciono huesos. Tengo un congelador lleno de cadáveres de animales donados», presumió el zagal. Al terminar la exposición, Elena tuvo claro que, de empezar una relación con él, tendría que pasar por años de terapia.

 
Esauel, el coleccionista de huesos, durante su paso por First Dates.

Pobre e incomprendido Esauel, ya no puede uno ni coleccionar esqueletos sin despertar cierta animadversión. ¿Acaso Elena desconocía que hasta el mismísimo rey Felipe II reunió cerca de 7.422 huesos de santos —y no me refiero precisamente a las famosas delicatessen de mazapán—, una de las mayores colecciones del mundo? Quién sabe, quizá la joven gótica se habría sentido más dichosa de haberla pretendido en vida el famoso doctor Fukushi Masaichi, al compartir ambos devoción por los tatuajes. Claro, podréis pensar que esto tampoco resulta nada novedoso hoy día, pues tatuarse es para muchos, más que una moda, una filosofía de vida. Sin embargo, el doctor Masaichi llevó su estigmatofilia mucho más allá, pues él Jamás se decidió a grabar su piel, sino que acaparó a lo largo de su vida toda una auténtica colección de tatuajes del prójimo al más puro estilo de Ed Gein, aunque de una forma más políticamente correcta. No, no penséis que se dedicó a despellejar congéneres o a profanar sus tumbas, pues la piel tatuada la obtenía de cadáveres donados. De esta manera, debido a que su afición llegó a ser muy conocida, era avisado cuando fallecía algún tatuado y este se pasaba directamente por la sala de autopsias para extraer la piel. Se dice que llegó a contar en su haber con más de dos mil muestras de piel y tres mil fotografías. Tal fue la repercusión de este hombre que hasta llegó a ser entrevistado por la revista Life.

 
Algunas fotos del doctor Masaichi con su colección de tatuajes.

Aunque para colección única la del médico alemán Gunther von Hagens. El llamado Doctor Muerte —no confundir por su apodo con el asesino británico Harold Shipman o el supervillano de los comics— nació en Alemania en 1948, estudió Medicina en las universidades de Jena y Heidelberg hasta que a mediados de los años 70 trabajó como colaborador científico del Instituto de Anatomía y Biología de esa última ciudad. Von Hagens entonces comenzó a desarrollar singulares experimentos que lo condujeron crear el proceso de plastinación, un método de preservación de material biológico que consiste en extraer los líquidos corporales, como el agua y los lípidos, por medio de una solución de acetona fría, para luego sustituirla por una sustancia plástica endurecible. El resultado es un espécimen que preserva la complejidad de los huesos, músculos, nervios, vasos sanguíneos y órganos.

Más allá del interés académico que pueda despertar esta técnica, donde el doctor alemán adquirió gran fama internacional fue gracias a su exposición itinerante llamada «Köerperwelten» o «Bodies, the exhibition» (Cuerpos, la exhibición), un fenómeno mediático en cada ciudad en la que se monta. De hecho, desde la primera exposición, realizada en la ciudad alemana de Pforzheim en 1988, más de siete millones de personas han visto la muestra.

 
Gunther von Hagens divirtiéndose con su colección de cadáveres.

Pues si por un momento pensáis que esto es lo más raro que alguien puede llegar a coleccionar, atentos a la colección del historiador Sigurdur Hjartarson, quien desde 1970 se dedica a coleccionar objetos fálicos. El hombre explicó que todo comenzó con una broma y su interés por hacer algo que nunca nadie antes había hecho. Una extravagancia que actualmente lo ha llevado a dirigir, nada más y nada menos que «La Faloteca islandesa», un espacio emplazado en Reikiavik, Islandia, por el que pasan anualmente unos 50 mil turistas de todo el mundo. La insólita colección está compuesta por unos 300 penes de 90 especies de mamíferos marinos y terrestres, piezas que se exponen como trofeos de caza, disecadas, embalsamadas o conservadas en formol. En el museo Falológico se pueden contemplar aparatos reproductores de machos de todo tipo: desde el micropene de un hámster, de unos 2mm, hasta el de un cachalote, con 70 kilos de peso y 1,7 metros de largo. También se exponen representaciones de los supuestos falos de seres mitológicos nórdicos, como trolls, elfos y duendes. En 2011, un hombre decidió donar, antes de morir, su miembro de manera íntegra -el museo ya contaba con un prepucio y dos testículo- para completar la fálica colección, con la pieza faltante: un pene humano.

 

Sigurdur Hjartarson, el hombre de los 300 penes.

Sin embargo, no quiero hacer de este artículo una oda a lo macabro, tan habitual en mí, ya que existen otros muchos coleccionistas que no hacen de lo tétrico, o más bien lo que se entiende como tétrico por el común de los mortales, su forma de vida. Tal es el caso de la británica Lisa Courtney y su colección de Pokemon, más de 20.000. Y es que esta muchacha se tomó en serio el estribillo de la famosa cancioncilla: hazte con todos.

Lisa Courtney, la mujer de los Pokemon.

Madre mía, ni un alma cabe en esas habitaciones con tanto peluche, y si no mirad las fotos y juzgad vosotros mismos.

Pero hay muchas, muchísimas colecciones insólitas:  como la de Becky Martz, una mujer que lleva casi 21.000 pegatinas de plátano de todo el mundo que ha coleccionado durante 30 años; o Graham Barker, australiano, conocido por coleccionar desde 1984 pelusas de su propio ombligo —sí, habéis leído bien—; Laurei Brokenshire, un fanático de los rompecabezas que ha tenido que construir una extensión junto a su casa para guardar su enorme colección: 10 000 rompecabezas o el británico Marco Zorzin quien cuenta con el récord Guinness al poseer la colección más grande de objetos de Superman con casi 2000 artículos valorados en unos 30.000 €.

El señor Zorzin posando orgulloso con algunos elementos de su super colección.

Y, como no podía ser de otra manera, los famosetes tampoco se quedan a la zaga en esto de juntar cosas: como el caso del actor Carlos Areces, protagonista de películas como Balada triste de trompeta y series como Muchachada Nui, quien confesó en el programa Cuarto Milenio su pasión por «el coleccionismo antiguo» y «la fotografía Post Mortem» (fotografías de cadáveres), que fue una práctica habitual desde el s. XIX hasta el primer tercio del XX; Ozzy Osbourne que relató en su biografía I Am Ozzy su amor por los vestuarios y banderas nazis, afición que terminó cuando su esposa, Sharon, de ascendencia judía, se lo exigió en una borrachera, lo que llevó al cantante a regalar su tesoro a su colega Lemmy Kilmister, líder de Motörhead; también tenemos a Johnny Depp, al que le ha dado por coleccionar barbies, se dice que tiene miles en su haber y algunas de edición limitada, o Tom Hanks, quien posee 250 máquinas de escribir.

En fin, ya me despido de vosotros porque se me echa el tiempo encima. Acabo de recordar que hoy es el día en el que sale a la venta el siguiente número de la colección Héroes y villanos de DC, y quiero pasar por mi tienda de comics antes de que echen el cierre; una costumbre quincenal de la que mi familia debe sentirse orgullosa, pues de momento no me ha dado por coleccionar otro tipo de cosas raras como huesos, cadáveres disecados ni pedazos de piel humana… de momento.

Fuentes: infobae.com, ABC.es, hola.com, huffingtonpost.es, que.es, elespectador.com, elpais.com
Fotos:
buzzfeed.com, mundosuperman.com, wix.com, rtve.es

Artículo escrito por Pablo C. Millán

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